
Esas lecturas que no dejamos, sino que volvemos a ellas;
esto me sucede muy a menudo, y he vuelto a otra lectura de ENCAMINISMO,
(Premio Silvestre de Balboa, 2004), del poeta cubano Roberto Manzano,
quien en forma tan gentil me lo obsequió en mi viaje a La Habana, en Diciembre de 2005. Luego hice una nota
en Ojo de Buho que coordino en la página web
http://www.arteliteral.com/, dirigida por Carlos Yusti desde Venezuela. Hoy,
les traigo un poema del libro Synergos (1999), inserto en el poemario que he
mencionado al principio. Se trata del Canto:
GUSTO DE VER SOBRE LA MESA ciertas frutas agrupadas
como pétalos, pues ellas saturan los ojos, ávidos del color
diverso de la vida;
pero me gusta más ver tu mirada de semilla, tus manos en
mis manos, palpar con mis yemas el ritmo intermedio de tus senos;
sentir el roce de la hermosa fruta de tu vientre, curvada y promisoria,
ese geoide fascinante que ofrece tu sintura;
tu vientre equidista de todo, distribuye arquitecturas
deliciosas, centralidad del mundo, Macchu Pichu del cielo;
desde tu vientre parten expediciones invisibles,
los cordeles espumosos de la gracia, los fósforos fragantes
del fervor;
en tu vientre canta la espiral de tu ombligo, cenote de Liliput,
moneda cóncava, ojo primario de la vida;
tu vientre se clausura arriba, se ciñe contra tus vísceras
hasta que es una faja y un gozne de movida elocuencia;
la piel de tu vientre es como una pulida sortija,
como una transparencia de caracol rosado, como un paladar celeste;
hacia arriba tu vientre es solidario y se prolonga
en dos colinas estrábicas hacia donde corre ansiosa la boca;
hacia abajo tu vientre se abre desde el abejeo oscurecido
del pubis en dos litorales donde demorar los labios;
tu vientre es un blando cosechero, todo lo coordina
y expande hacia la edificación soterrada del hijo;
tu vientre zarandea al planeta, como un péndulo líquido,
gira sobre los arranques rítmicos de la entrega;
tu vientre crece hacia los costados con la misma voluntad
de las guayabas, con la misma amplitud de los cometas;
a tu vientre me echo, bajo tus manos de gladiolo, para oir
como un indio qué bisontes de ternura trae el horizonte.